Riebenbauer

El resultado de una investigación que empezó en 1995 es que Heinz Ches no era Heinz Ches, sino Georg Michael Welzel, que tampoco era polaco, sino alemán, y que sí tenía familia: madre, hermanos, mujer e hijos.

En España no se ejecutaba a garrote vil desde 1966. Era un método medieval, hoy afortunadamente desaparecido, como la misma pena de muerte. Se trataba de un artefacto metálico compuesto por una manivela acoplada a una argolla metálica que rodeaba el cuello del reo.

La dictadura, para vengar aquel atentado, decidió ejecutar a un preso político —éste era Puig Antich— pero para demostrar que igual se ajusticiaba a un preso político que a uno común, eligieron a Heinz Ches, le utilizaron

Ese motor, el recuerdo, es lo que impulsa a toda una generación de jóvenes periodistas a la que pertenezco —tengo 35 años, pero tenía 25 cuando empecé todo esto— que intentan recuperar el pasado sin rencor. Al menos para poder contarlo.

Ches: el fin del silencio

Raúl M. Riebenbauer

Nascut a València l'any 1969 és periodista i guionista. Ha publicat treballs a la premsa escrita (entre d’altres, a El País, Diario 16 i La Vanguardia) i ha realitzat tasques de comunicació institucional. Durant els últims anys ha compaginat la seva tasca de guionista en diversos programes culturals de la TV valenciana amb la investigació del cas de Heinz Ches, tot i que des de 2002 aquesta recerca l’ha ocupat obsessivament. Vam posar-nos en contacte amb el Raúl ara fa un any, quan en motiu del 30è aniversari de l’execució de l’anarquista Salvador Puig Antich i del pressumpte apàtrida polonès Heinz Ches, La Vanguardia va publicar-li un llarg article on exposava el resultat de la seva investigació, on per primera vegada es desmentia que Ches fos polonès --com sempre s’havia suposat-- i es revelava la vertadera indentitat d’aquest home, Georg Michael Welzel, i la seva nacionalitat alemanya. El Raúl, que de seguida es va mostrar obert a col·laborar amb nosaltres, ens va proposar esperar-nos a publicar el seu escrit per fer-lo coincidir amb l’edició del llibre on explica aquesta història: El silenci de Georg (Ed. La Magrana, en català) i El silencio de Georg (Ed. RBA, en espanyol), que s’acaben d’editar. De resultes d’aquesta recerca, se’n va elaborar un documental --recentment emès al Canal 33— als productors del qual el Raúl els dedica una nota no precisament amable al començament del seu llibre.


El 2 de marzo de 1974, hace tan sólo 31 años, fueron ejecutados a garrote vil en España dos hombres. Fue casi a la misma hora, pero en prisiones diferentes, uno en Tarragona, el otro en la Modelo de Barcelona. Se trató de las dos últimas ejecuciones con este espantoso método. Uno de ellos se llamaba Heinz Ches, y estaba acusado de matar a un guardia civil. Según los datos oficiales, era un apátrida de origen polaco sin familia ni amigos. Y así ha sido durante décadas, hasta que hace escaso tiempo di con su identidad y nacionalidad auténticas, y lo que es más sorprendente, con su familia y con su verdadera y amarga historia. El resultado de una investigación que empezó en 1995 es que Heinz Ches no era Heinz Ches, sino Georg Michael Welzel, que tampoco era polaco, sino alemán (de la entonces socialista República Democrática Alemana), y que sí tenía familia: madre, hermanos, mujer e hijos. Todos ellos viven todavía, y desconocían el destino definitivo de su familiar hasta que les mostré una fotografía incluida en la documentación judicial, y pudieron confirmar así su muerte. El silencio de Georg reconstruye ese pasaje, entre otros muchos, y toda mi investigación del caso; pero no es sólo eso. Narrado en primera persona, también es un viaje al fondo de mis obsesiones y al pasado reciente de este país, una lucha no siempre fácil contra la amnesia histórica, y, sobre todo, un alegato contra la pena de muerte.

¿Por qué ha permanecido oculta esta identidad durante tantos años?

Al régimen franquista le interesaba que aquel hombre siguiera siendo polaco y no tuviera familia. El 20 de diciembre de 1973, cuando Welzel llevaba ya un año encarcelado bajo la piel de Ches, el grupo terrorista ETA asesinó al presidente del Gobierno franquista, Luis Carrero Blanco. Fue un golpe terrible para el dictador y para la extrema derecha. Por eso, cuando el nuevo presidente, Carlos Arias Navarro, tomó el poder, parecía claro que iba a dejar clara su firmeza. En aquellas fechas iba a tener lugar también, pero en Barcelona, el juicio contra Salvador Puig Antich, un joven catalán miembro del grupo anarquista MIL. Estaba acusado de asesinar a un policía en el transcurso de su detención. Tras la muerte de Carrero, sus abogados, y el mismo Puig Antich, se temieron lo peor. Acertaron. Ches ni siquiera fue consciente de lo que se le venía encima. El entorno próximo al dictador le propuso recuperar la aplicación de la pena de muerte, para dar una lección de mando.

En España no se ejecutaba a garrote vil desde 1966. Era un método medieval, hoy afortunadamente desaparecido, como la misma pena de muerte. Se trataba de un artefacto metálico compuesto por una manivela acoplada a una argolla metálica que rodeaba el cuello del reo. El instrumento se fijaba a una viga de madera, y ésta a una silla. Al darle una vuelta al manivela —se suponía que tres cuartos de vuelta eran suficientes— la argolla se desplazaba y fracturaba las cervicales del condenado. En teoría era una forma rápida de ejecución, pero en la realidad se dieron casos de condenados que tardaron hasta 20 minutos en morir. Por eso, recuperar esa forma de aplicar la muerte quería decir mucho sobre las intenciones del franquismo.

 

En la primera semana de 1974 el catalán Puig Antich fue condenado a muerte. Ches ya había sido sentenciado a esa misma pena el 6 de septiembre de 1973, pero aún faltaba que fuese ratificada. Y eso es lo que ocurrió también en aquellos primeros días de 1974, porque tuvo la mala suerte de que se cruzaran en su destino el magnicidio contra Carrero Blanco y la condena del joven anarquista. La dictadura, para vengar aquel atentado, decidió ejecutar a un preso político —éste era Puig Antich— pero para demostrar que igual se ajusticiaba a un preso político que a uno común, eligieron a Heinz Ches, le utilizaron.

Desde que tuvieron lugar aquellas ejecuciones, siempre se pensó que Ches había sido el complemento de Antich. Aunque no se supo hasta qué punto era el candidato perfecto: decía ser polaco (España no tuvo relaciones diplomáticas con Polonia hasta 1977; y sí que las tenía con la República Federal de Alemania, y con la República Democrática Alemana desde enero de 1973), y afirmaba no tener familiares ni amigos. Nadie, ni un gobierno, ni unos conocidos protestarían por su muerte. Pero todo eso no era cierto, y lo que es más grave: el régimen lo sabía. El juez instructor, los cinco jueces que le condenaron a muerte, los siete miembros del Consejo Supremo de Justicia Militar que ratificaron la sentencia, sus tres abogados militares de oficio, incluso los ministros del gobierno de Arias Navarro, y, por supuesto, el dictador Franco, todos ellos, supieron que su Heinz Ches había nacido en otro lugar, tenía una familia y, al fin y al cabo, otra identidad. Él mismo se lo puso fácil, mantuvo el silencio hasta aquel terrible final y decidió no revelar a nadie su verdad.

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