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A mí más que la perspectiva del viajar futuro, siempre sujeta a temores de diversa consistencia, lo que me atrae es la memoria de lo que he vivido mundo adelante, más allá de mi costumbre

El viaje no es, como se podría decir en una primera impresión, un cambio más o menos brusco de geografía, un mero trasladarse de un lugar a otro por negocios o por placer. El verdadero viaje, por lo menos el que a mí me importa, es siempre una peregrinación: hacia las fuentes del ser

Los siete mensajeros

Xuan Bello


Nascut a Paniceiros l'any 1965, escriu els seus llibres en llengua asturiana i ell mateix els tradueix després a l’espanyol. Poeta i narrador, ha publicat La memoria del mundu (1997), una petita història apòcrifa de la literatura asturiana titulada Pantasmes, mundos laberintos (1996), i el llibre de poesia La vida perdida (1999). El 2002 va publicar Historia universal de Paniceiros, la traducció espanyola del qual va aconseguir unir els elogis de la crítica i l’èxit comercial, i va guanyar el Premi Ramón Gómez de la Serna de l’Ajuntament de Madrid. L’últim llibre que ha publicat és Los cuarteles de la memoria, el 2003. Treballa al diari escrit en llengua asturiana Les Noticies (www.lesnoticies.com). Ens ha dit: “he estado mirando vuestros papers de vidre y están muy bien. Enhorabuena. Por cierto, ¿sabíais que en Asturias, en la década de los 80, existían unos “Cuadernos de cristal”? Publicaban poesía: Ángel González, García Montero, Brines...”

Los hay que son viajeros sentimentales; quiero decir que los únicos viajes que les agradan son aquellos que vuelven a hacer de nuevo pero ahora ya sutilmente por los caminos a veces empinados de la memoria. Esos viajes los hacen pisando la luz rubia de un amanecer que los había iluminado hace tiempo y del que tan sólo les queda una postal, un billete de tranvía, una servilleta en la que apuntaron unos versos o ni siquiera eso: a veces conservan solo unos visos que huyen, una canción que recuerdan apenas, una caricia de la brisa que les vuelve a poner en los ojos una mirada joven. Confieso que yo soy uno de esos. “Sufrir es malo”, aseguraba San Agustín, “pero es bueno haber sufrido”. Esto se puede trasladar a otros ámbitos de la experiencia: a mí más que la perspectiva del viajar futuro, siempre sujeta a temores de diversa consistencia, lo que me atrae es la memoria de lo que he vivido mundo adelante, más allá de mi costumbre. Sentarse en el café, frente a los amigos de siempre, y dedicarse a esa tarea tan edificante: reconstruir con materiales inaprensibles paisajes y sensaciones que un día fueron nuestros días. Son las cosas que tiene la vida: al final, más que vivirla, parece que lo que se necesita es ponerle coto, circundarla con un aura de melancolía; aquí hemos sido felices y hemos sentido el vértigo de la aventura, más allá presentimos el vacío en tardes infinitas de desasosiego. Por eso ahora, más que viajar, lo que propongo es el viaje reflejo: la única manera de ir, de verdad, al lugar que queremos.

No recuerdo cuándo hice mi primer viaje. Vengo de una infancia en la que el veraneo era todavía una consecuencia de tener bien saneadas las cuentas de casa: no era el caso de mi familia y aquellas primeras escapadas tenían esa humildad aldeana de quien piensa que, tal vez, tiene en su alma enmarcada el alma del mundo. Uno descubre después de muchos años que aquella primera intuición, vivida de camino al pueblo de sus abuelos, guarda una verdad tan intensa que necesitaría páginas y páginas para explicarla y explicarse. Resumo: aquellos primeros viajes, repetidos todos los veranos, tenían la calidad de lo nuevo, de lo desconocido; nos íbamos al sur del sur, a lo más íntimo del verano, a la esencia intemporal de la aventura. Realmente resultaba indiferente que tan sólo nos moviésemos unos 200 kilómetros: aquella distancia, la máxima que conocíamos, era una primera aproximación a los límites del mundo. Partíamos del centro e íbamos a echarle un vistazo a los límites de nuestro reino. Y de eso se trata realmente, de conocer nuestros límites interiores. Supongo que esta declaración precisa de una reflexión ulterior.

Hoy Dino Buzzati ya no está de moda. Lo estuvo hace años, cuando todavía interesaban las parábolas kafkianas y, ahora, casi nadie se acuerda de aquel escritor que supo exponer en sus libros como nadie metáforas de las consecuencias de esa maquinaria imparable que llamamos azar. Hay una novela suya, I sette messageri, que resume muy bien esta perplejidad que digo del viaje. Este es el punto de partida, según mis recuerdos: un rey joven, que acaba de ser coronado, decide enviar siete mensajeros, cada uno en una dirección diferente, para conocer los límites exactos de su reino. Los mensajeros cabalgan días, meses y años. Las noticias que van llegando al palacio, cada vez más espaciadas, hablan siempre de nuevas maravillas: páramos inmensos, ríos caudalosos, riachuelos finos como las venas de un gorrión, montañas tan altísimas que nadie soñó alcanzar la cima. Pasan años y años y el rey, ya viejo, descubre algo que lo desasosiega profundamente: su reino no tiene límites y esa enormidad lo sobrepasa, le descubre el tamaño de su soledad.

El viaje no es, como se podría decir en una primera impresión, un cambio más o menos brusco de geografía, un mero trasladarse de un lugar a otro por negocios o por placer. El verdadero viaje, por lo menos el que a mí me importa, es siempre una peregrinación: hacia las fuentes del ser, al centro del bosque sagrado, al templo que se descuelga en una roca y que guarda, desde hace miles de años, el secreto de la diosa. Un viaje verdadero siempre lleva implícita la idea del regreso, de búsqueda del pasado. Me acuerdo de una vez en 1986, muy cerca de la Praça do Rossio en Lisboa, que de repente me vi inmerso en la luz de una tarde en Tineo que debía haber sucedido allá por 1971. Aquella luz lisboeta, tan huidiza, era la luz de mi infancia, una luz que seguí buscando mucho tiempo y que no volví a encontrar hasta que leí los Cuentos de Canterbury de Chaucer. Allí, en la descripción de Madame Engalntine, en aquella mirada pícara, estaba lo que tantísimos años atrás yo había perdido…

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