Han pasado por medios, librerías y editoriales; han vivido la crisis, saben qué es lo que ha fallado, desde dónde ha caído todo, y han decidido empezar a trabajar desde abajo y desde atrás, para ir avanzando después.

Librerías, Jorge Carrión

Isabel Sucunza | http://firstswimminglesson.blogspot.com.es/


Bola extra

 

Igual que Barcelona entra y sale de las librerías, hay librerías que, pareciendo salidas de la ciudad, lo que han hecho ha sido entrar en ella. En pleno proceso de metamorfosis del centro, con Documenta ya instalada en el Eixample, Ona mucho más arriba de la Diagonal y la Catalonia ya hace tiempo desaparecida; cuando ya parecía consolidada esta tendencia a bien al cierre, bien al desplazamiento hacia barrios más altos (a pesar de la excepción que supuso hace unos meses la apertura de la No Llegiu en pleno Poblenou), en una de las zonas que últimamente está haciendo por alargarse hacia el mar, acaba de abrir la Llibreria Nova.

 

Mira la Nova además de hacia la Barcelona del mar, hacia otra Barcelona también muy presente en los libros: está instalada en una antigua fábrica ubicada en el centro de un barrio que vendría de la tradición obrera por un lado y de la tradición del ocio por otro, si es que pudieran disociarse estas dos; si es que no hubieran venido, calendario de turnos fabriles mediante, sucediéndose desde siempre la una a la otra en perfecta sincronización. Dentro de la librería, han sabido concretar esta comunión de actividad diurna y nocturna, productiva y de distracción, mediante un suelo, el de la nave principal, que de pronto pasa a ser tarima ligeramente elevada. Solo el suelo: la pared sigue siendo de libros, de manera que el lector, con la vista fija en los lomos de la balda que haya ido recorriendo con la mirada desde prácticamente la entrada del local, de repente se encuentra subido a un escenario por el que puede seguir caminando, ojos fijos en los volúmenes, hasta completar la vuelta por la pared del fondo y encontrarse prácticamente sentado en la barra de la cafetería, que sigue siendo escenario y que sigue siendo librería también.

 

Las dos naves de la Nova suman doscientos metros cuadrados de superficie, lo cual la hace romper además con otra tendencia del sector: la que parecía ordenar que ya no se abrieran nuevas librerías grandes a menos que estas estuvieran dispuestas a renunciar a la independencia al nacer ya marcadas por la línea de un grupo inversor en lo económico e interventor en lo inmaterial. Entré por primera vez en esta librería el mismo día que una editora ya casi clásica de la ciudad, Eugenia Broggi, presentó su nueva editorial, L’Altra, en un bar-restaurante-tienda de alimentación mallorquín, que otra conocida del sector, Pema Maymó, editora también, había abierto hacía unos meses en el mismo barrio. Si Broggi, en aquella rueda de prensa, explicaba cómo necesitaba recuperar la ilusión en una profesión que se le estaba haciendo hostil y cómo la manera que se le había ocurrido para conseguirlo consistía en inventarse una editorial que rompiera con la dinámica de las grandes, al cruzar la puerta de la librería pensé que eso mismo debían de haber pensado aquellos nuevos libreros. Son dos y vienen los dos también del mundo editorial. Han pasado por medios, librerías y editoriales; han vivido la crisis, saben qué es lo que ha fallado, desde dónde ha caído todo, y han decidido empezar a trabajar desde abajo y desde atrás, para ir avanzando después.

 

Pensando en los pasados, presentes y futuros que parecen encontrarse tan fácilmente en los estantes de las librerías, antes de marchar, después de recorrer aquellos metros y metros de libros, vuelvo a plantarme en la entrada y pienso que, sin notarlo, he subido a un escenario, he pasado por un bar, le he echado un vistazo a una sala de exposiciones, incluso me he topado con unas mesas en las que alguien parecía trabajar; todo esto sin dejar de estar en una fábrica y, sobre todo, estando siempre en una librería. Le tiendo a la librera un ejemplar de De teves a meves, los cuentos de Pere Calders, que he cogido de un estante de la C pero no de la sección de catalán, porque en la Nova no existe este tipo de división, cosa que me ha hecho pensar en cómo se tiene organizados a los amigos, a las lecturas, en la ciudad. Lo coge la librera y se ríe mientras me explica que Calders, precisamente, vivió allí al lado, en ese mismo barrio; y que también precisamente, qué casualidad, ese libro que estoy a punto de llevarme contiene un cuento sobre una fábrica: «Gallina Blava» la rebautiza Calders queriendo referirse a Gallina Blanca, en la que, sigue explicando, había trabajado su padre (el de la librera, no el de Calders) hasta que hace poco se jubiló. Abre el libro, localiza el cuento y me señala el título («Àtoms per la pau») mientras me dice: Página ciento cinco, acuérdate.

 

Eso te llevas de una librería así: un libro con una página marcada que te funciona como gancho para ponerte inmediatamente a leer. Un libro que no es solo libro, que es vínculo con la familia, con el barrio, con el pasado y con la ciudad.

 

 

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